martes, 25 de agosto de 2009

Espíritu en decadencia


En las edades primitivas, cuando los conceptos instintivos brotaban en la mente del hombre, la mente consciente no dudaba en integrarlos en un esquema psíquico coherente. Pero el hombre -civilizado- ya no es capaz de hacerlo. Su consciencia -avanzada- le privó de los medios con los que podía asimilar las aportaciones auxiliares de los instintos y del inconsciente. Esos órganos de asimilación e integración eran símbolos numínicos, aceptados comúnmente como sagrados.

Hoy día, por ejemplo, hablamos de -materia-. Describimos sus propiedades físicas. Realizamos experimentos de laboratorio para demostrar algunos de sus aspectos. Pero la palabra -materia- sigue siendo un concepto seco, inhumano y puramente intelectual, sin ningún significado psíquico para nosotros. Qué distinta era la primitiva imagen de la materia -la Gran Madre-, que podía abarcar y expresar el profundo significado emotivo de la Madre Tierra. De la misma forma, lo que era el espíritu se identifica ahora con el intelecto, y así deja de ser el Padre de Todo. Ha degenerado en los limitados pensamientos del ego del hombre; la inmensa energía emotiva expresada en la imagen de -nuestro Padre- se disipa en la arena de un desierto intelectual.

Estos dos principios arquetípicos residen en los cimientos de los dos sistemas opuestos del Este y del Oeste. Sin embargo, las masas y sus dirigentes no se dan cuenta de que no hay diferencia importante entre llamar al mundo principio masculino y padre (espíritu), como hace Occidente, o femenino y madre (materia), como hacen los comunistas. Esencialmente, sabemos tan poco de lo uno como de lo otro. En los tiempos primitivos, esos principios eran adorados con toda clase de ritos, los cuales, por lo menos, mostraban la significancia psíquica que tenían para el hombre. Pero ahora se han convertido en meros conceptos abstractos.

Al crecer el conocimiento científico, nuestro mundo se ha ido deshumanizando. El hombre se siente aislado en el cosmos, porque ya no se siente inmerso en la naturaleza y ha perdido su emotiva -identidad inconsciente- con los fenómenos naturales. Estos han ido perdiendo paulatinamente sus repercusiones simbólicas. El trueno ya no es la voz de un dios encolerizado, ni el rayo su proyectil vengador. Ningún río contiene espíritus, ni el árbol es el principio vital del hombre, ninguna serptiente es la encarnación de la sabiduría, ni es la gruta de la montaña la guarida de un gran demonio. Ya no se oyen voces salidas de las piedras, las plantas y los animales, ni el hombre habla con ellos creyendo que le pueden oír. Su contacto con la naturaleza ha desaparecido y, con él, se fue la profunda fuerza emotiva que proporcionaban esas relaciones simbólicas.


Fuente: G. JUNG, CARL. El hombre y sus símbolos. Pág. 92-93