
El libro del Génesis, justo al comienzo de la Biblia, nos dice que las estrellas fueron colocadas en los cielos <
para servir de señales de las estaciones> (Dijo luego Dios: haya lumbreras en la expansión de los cielos para separar el día de la noche; y sirvan de señales para las estaciones, para días y años. Gén, 1:14). Sin duda los antiguos estaban más familiarizados con estos asuntos de lo que estamos nosotros actualmente, cuando la mayoría de la gente vive en, o cerca de, las ciudades y pocas veces tienen la oportunidad de ver el cielo sin el brillo de las luces de la calle. Mi opinión es que si queremos entender la Biblia, deberemos conocer, entonces, un mínimo al menos de los rudimentos de la astrología, para poder reconocer las señales en el cielo que se nos ha advertido que busquemos. Por desgracia, la Iglesia, en lo que yo creo que es un intento equivocado de proteger a los creyentes de la falsedad, ha vuelto completamente la espalda a la astrología, y muchos cristianos de hoy día, lejos de darse cuenta de que es una de las claves para una correcta interpretación de la profecía bíblica -entre muchas otras-, temen que la astrología sea un arte perverso que les lleve a la condenación. Ciertamente, es verdad que la astrología fue practicada en el pasado de una forma negativa por los satanistas y otros individuos con motivaciones malvadas, y mancharon, por asociación, la que una vez fue considerada la más alta de las ciencias [...]
La medición de los ciclos temporales era una cuestión de gran importancia para nuestros antepasados. Ellos también eran sabios en lo relativo a otras importantes cuestiones (como la vulnerabilidad del ecosistema terrestre ante un calentamiento global) que nosotros ignoramos contra nuestros propios intereses. Por desgracia, mucho de este conocimiento se ha perdido con el paso del tiempo. Sin embargo, los antiguos tuvieron, por suerte para nosotros, la precaución de ocultar lo que sabían en lugares y de maneras que asegurasen, por lo menos, su conservación, si no su comprensión para las futuras generaciones. Las claves que descifran esta sabiduría del pasado son la astronomía, la arqueología y la percepción de que el arte antiguo no era una forma de autoindulgencia, sino un medio de transmitir conocimiento. La mayoría, si no todos los edificios sagrados (pirámides, templos y similares), fueron construidos para conformar un canon secreto conocido sólo por los iniciados. Este conjunto de leyes, que comprendía asuntos aparentemente tan mundanos como pesas y medidas, así como las armonías de las proporciones, la numerología y la astronomía, encuentra su expresión por todo el mundo.
Aunque el canon como un todo se ha perdido, han llegado hasta nosotros elementos del mismo en las obras de Pitágoras, Euclides, Ptolomeo de Alejandría y Viturbio. Estos escritores griegos y latinos, que fueron iniciados en los <misterios>, sistemas arcanos de conocimiento relacionados con la creencia y la plática religiosa, estaban profundamente influidos, directa o indirectamente por las tradiciones secretas de Egipto y Mesopotamia. Estas civilizaciones no sólo precedieron a la del antiguo Israel, sino que, en algunos sentido, fueron sus padres adoptivos. En tiempos de José, así nos cuenta la Biblia, los hebreos emigraron desde sus tierras más septentrionales hacia Egipto, y se establecieron allí durante varias generaciones antes de ser conducidos de vuelta por Moisés. Durante este tiempo adoptaron muchos usos y costumbres de los Egipcios. Las civilizaciones egipcia y mesopotámica tuvieron así una enorme influencia en el desarrollo del pensamiento hebreo tal y como aparece expresado en la Biblia. De hecho, Moisés, que, según creen los judíos y cristianos, escribió el Pentateuco (los primeros cinco libros de la Biblia), fue instruido claramente en la sabiduría de los egipcios. La sabiduría, o gnosis, habría incluido astronomía y astrología, dos materias que entonces no estaban separadas, así como otros aspectos del canon. Lo más importante es que Moisés pudo haber conocido la máxima <> que adivinamos en el diseño de los templos egipcios. Bien podría haber estado al tanto de que los edificios sagrados, e incluso ciudades completas, eran diseñadas idealmente, de manera que fuesen un microcosmos del macrocosmos, maquetas de un universo mayor.
Fuente: GILBERT, ADRIAN. Signs in the Sky. Opening the Stargate. Reino Unido, 2000.
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